23
Abr
08

Propaganda bajo una dictadura

Propaganda bajo una dictadura

Aldous Huxley, Inglaterra-EEUU 1894-1963

1958

En el proceso a que fue sometido después de la Segunda Guerra Mundial, Albert Speer, el ministro de Armamentos de Hitler, pronunció un largo discurso en el que, con notable sagacidad, describió la tiranía nazi y analizó sus métodos. “La dictadura de Hitler -dijo-difirió en un punto fundamental de todas sus predecesoras en la historia. Fue la primera dictadura del presente periodo de desarrollo técnico moderno, una dictadura que hizo un uso completo de todos los medios técnicos para la dominación de su propio país. Mediante elementos técnicos como la radio y el alto-parlante, ochenta millones de personas fueron privadas del pensamiento independiente. Es así como se pudo someterlas a la voluntad de un hombre… Los dictadores anteriores habían necesitado colaboradores muy calificados hasta en el más bajo de los niveles, hombres que pudieran pensar y actuar con independencia. En el periodo del desarrollo técnico moderno, el sistema totalitario puede prescindir de tales hombres; gracias a los modernos métodos de comunicación, es posible mecanizar las jefaturas de los grados inferiores. Como consecuencia de esto, ha surgido el nuevo tipo de recibidor de órdenes sin espíritu crítico”.

En el Mundo Feliz de mi fábula profética, la tecnología había avanzado mucho más allá del punto que había alcanzado en los días de Hitler; consiguientemente, los recibidores de órdenes tenían mucho menos sentido crítico que sus colegas nazis y obedecían mucho más al escogido grupo de donde las órdenes partían. Además, habían sido uniformados genéticamente y condicionados postnatalmente para que cumplieran sus funciones subordinadas, y cabía confiar, por tanto, en que se comportaran en forma casi tan previsible como se comportan las máquinas. Como veremos en un capítulo posterior, este acondicionamiento de las “jefaturas de los grados inferiores” está ya en marcha en las dictaduras comunistas. Los chinos y los rusos no se limitan a confiar en los efectos indirectos de la tecnología creciente; trabajan directamente en los organismos psicofísicos de sus dirigentes subalternos, sometiéndolos, en mentes y cuerpos, a un sistema de implacable y, desde todos los puntos de vista, muy efectivo acondicionamiento. “Muchos hombres -dijo Speer-se han sentido obsesionados por la pesadilla de que llegue un día en que las naciones puedan ser dominadas por medios técnicos. Esta pesadilla casi fue realizada en el sistema totalitario de Hitler”. Casi, pero no completamente. Los nazis no tuvieron tiempo -y tal vez no tuvieron la inteligencia ni el necesario conocimiento-para lavar cerebralmente y acondicionar a sus dirigentes subalternos. Cabe que sea esta una de las razones de su fracaso.

Desde los tiempos de Hitler, el arsenal de elementos técnicos a disposición de un presunto dictador ha aumentado mucho. Además de la radio, el altoparlante, la cámara cinematográfica y la prensa rotativa, el propagandista contemporáneo puede utilizar la televisión para difundir la imagen de su cliente al mismo tiempo que su voz y puede registrar tanto la imagen como la voz en carretes de cinta magnética. Gracias al proceso tecnológico, el Gran Hermano puede actualmente ser casi tan ubicuo como Dios. Y no es solamente en el frente técnico donde los brazos del presunto dictador se han fortalecido. Se ha trabajado mucho desde la época de Hitler en esos campos de la psicología y la neurología aplicadas que son el dominio especial del propagandista: el [a]doctrinante y lavador de cerebros. En lo pasado, estos especialistas en el arte de cambiar mentalmente a la gente eran empíricos. Con el método de ensayo y error, elaboraron cierto número de técnicas y procedimientos y los utilizaron con mucha eficacia, aunque no supieran con precisión por qué eran eficaces. Actualmente, el arte de gobernar las mentes ajenas lleva camino de convertirse en ciencia. Quienes practican esta ciencia saben lo que están haciendo y por qué lo hacen. Tienen como guías de su tarea teorías e hipótesis que han quedado sólidamente establecidas sobre macizos cimientos de pruebas experimentales. Gracias a las nuevas percepciones y a las nuevas técnicas que estas percepciones permiten, la pesadilla que “casi fue realizada en el sistema totalitario de Hitler” puede hacerse antes de mucho completamente realizable. Pero, antes de examinar estas nuevas percepciones y técnicas, echemos una mirada a la pesadilla que casi se convirtió en realidad en la Alemania nazi. ¿Cuáles fueron los métodos que utilizaron Hitler y Goebbels para “privar a ochenta millones de personas del pensamiento independiente y someterlas a la voluntad de un hombre”? Y, ¿cuál fue la teoría de la naturaleza humana sobre la que se basaron estos métodos terriblemente eficaces? Estas preguntas pueden ser contestadas, en su mayor parte, con las propias palabras de Hitler. Y ¡qué palabras más claras y astutas son! Cuando escribe acerca de esas vastas abstracciones como Raza, Historia y Providencia, Hitler es estrictamente ilegible. Pero, cuando escribe acerca de las mazas alemanas y de los métodos que utilizó para dominarlas y dirigirlas, su estilo cambia. La insensatez cede el sitio al buen sentido y las jactancias a una lucidez dura y cínica. En sus lucubraciones filosóficas, Hitler se limitaba a soñar despierto o a reproducir las nociones a medio cocinar de otras personas. En sus comentarios sobre las multitudes y la propaganda, escribía de cosas que conocía por una experiencia inmediata. Según las palabras de su biógrafo más capaz, el señor Alan Bullock, “Hitler fue el más grande demagogo de la historia. Quienes añaden ‘sólo un demagogo’, no tienen en cuenta la naturaleza del poder político en la era de la política de masas. Como él mismo dijo, ser un jefe significa ser capaz de mover a las masas”. La finalidad de Hitler era en primer lugar mover a las masas y, luego, una vez apartadas las masas de sus fidelidades y su moral tradicionales, imponerles ( con el hipnotizado consentimiento de la mayoría ) un nuevo orden autoritario de [su] creación personal. Hermann Rauschning escribió en 1939: “Hitler tenía un profundo respeto por la Iglesia católica y la orden de los jesuitas; no a causa de su doctrina cristiana, sino a causa de la maquinaria que habían elaborado y dirigían, de su sistema jerárquico, de sus tácticas en extremo inteligentes, de su conocimiento de la naturaleza humana y de su sabio empleo de las debilidades humanas para gobernar a los creyentes”. Clericalismo sin cristianismo, la disciplina de una orden monástica, no en aras de Dios o para el logro de la salvación personal, sino en aras del Estado y para la gloria y el poder del demagogo convertido en Jefe: tal fue la meta a donde debía dirigirse el sistemático desplazamiento de las masas.

Veamos qué pensaba Hitler de las masas que movía y cómo lograba moverlas. El primer principio del que partía era un juicio de valoración: las masas son merecedoras de un desprecio absoluto. Son incapaces de todo pensamiento abstracto y se desinteresan de cuanto esté fuera del círculo de su experiencia inmediata. Su comportamiento está determinado no por el conocimiento y la razón, sino por los sentimientos e impulsos inconscientes. Es en estos impulsos y sentimientos donde “están las raíces de sus actitudes, positivas o negativas”. Para triunfar, un propagandista debe aprender el manipuleo de estos instintos y emociones. “La fuerza impulsora que ha provocado las más tremendas revoluciones en el mundo nunca ha sido un cuerpo de doctrina científica que haya conquistado a las masas, sino invariablemente, una devoción que las ha inspirado y, con frecuencia, una especie de histeria que las ha arrastrado a la acción. Quien desee conquistar a las masas debe saber dónde está la llave que ha de abrir la puerta de sus corazones”. En la jerga postfreudiana, la puerta de su inconsciente.

Hitler atrajo especialmente a aquellos miembros de las capas inferiores de la clase media, que habían sido arruinados por la inflación de 1923 y, arruinados por segunda vez por la depresión de 1929 y de los años siguientes. Las “masas” de las que Hitler habla son esos millones de seres perplejos, frustrados y crónicamente angustiados. Para hacerlos más masa todavía, más homogéneamente subhumanos, los reunía, por miles y decenas de miles en vastos locales y estadios, donde el individuo podía perder su identidad personal y hasta su humanidad elemental y quedar fusionado con la multitud. Un hombre o una mujer establecen contacto directo con la sociedad de dos modos: como miembro de algún grupo familiar, profesional o religioso, o como miembro de una multitud. Los grupos pueden ser tan morales e inteligentes como los individuos que los forman; una multitud es caótica, no tiene propósitos propios y es capaz de cualquier cosa, salvo de acción inteligente y de sentido realista. Reunidas en una multitud, las personas pierden su poder de razonamiento y su capacidad de opción moral. Se hacen más sugestionables hasta el punto de que dejan de pensar o querer por cuenta propia. Se excitan muchísimo, pierden todo sentido de la responsabilidad individual o colectiva y suelen tener repentinos accesos de rabia, entusiasmo y pánico. En pocas palabras, un hombre en una multitud se comporta como si hubiese ingerido una fuerte dosis de algún poderoso tóxico. Es víctima de lo que yo he denominado “envenenamiento de rebaño”. Como el alcohol, el veneno de rebaño es una droga activa, extrovertida. El individuo con embriaguez de multitud escapa de la responsabilidad, la inteligencia y la moral y entra en una especie de irracional animalidad frenética.

Durante su larga carrera de agitador, Hitler había estudiado los efectos del veneno de rebaño y aprendido cómo explotarlos para sus propios fines. Había descubierto que el orador puede apelar a esas “fuerzas ocultas” que motivan los actos de los hombres con mucha más eficacia que el escritor. Leer es una actividad privada, no colectiva. El escritor habla únicamente a individuos, instalados a solas, en un estado de sobriedad normal. El orador habla a masas de individuos, ya muy afectados por el veneno de rebaño. Son gente a la merced del orador y, si este conoce su oficio, puede hacer con ellos lo que quiera. Como orador, Hitler conocía su oficio maravillosamente bien. Podía, según sus propias palabras: “Dejarse guiar por la gran masa de tal modo que la emoción viva de sus oyentes le sugería la palabra apta que necesitaba, palabra que a su vez iba [directamente] al corazón del auditorio”. Otto Strasser llamó a Hitler “un altoparlante que proclamaba los deseos más secretos, los instintos menos admisibles, los padecimientos y revueltas personales de toda una nación”. Veinte años antes de que Madison Avenue se lanzara a la “investigación de las motivaciones”, a la llamada motivational research, Hitler estaba ya explorando y explotando sistemáticamente los miedos y esperanzas secretos, las aspiraciones, las angustias y las frustraciones de las masas alemanas. Es manipulando “fuerzas ocultas” como los peritos en publicidad nos inducen a comprar sus mercancías: una pasta de dientes, una marca de cigarrillos, un candidato político. Y fue acudiendo a las mismas fuerzas ocultas -y a otras demasiado peligrosas para que la Madison Avenue recurra a ellas-como Hitler indujo a las masas alemanas a que se compraran un Führer, una insana filosofía y la Segunda Guerra Mundial.

En contraste con las masas, los intelectuales tienen afición a la racionalidad e interés por los hechos. Su hábito mental crítico los hace resistentes a la clase de propaganda que funciona también sobre la mayoría. Entre las masas “el instinto es supremo y del instinto surge la fe… Mientras la sana gente común estrecha instintivamente sus filas para formar la comunidad de un pueblo ( bajo un Jefe, sobra decirlo ), los intelectuales van de un lado a otro, como gallinas en un gallinero. Con ellos no se puede hacer historia; no pueden ser utilizados como elementos componentes de una comunidad”. Los intelectuales son esa clase de gente que reclama pruebas y se escandaliza con las incoherencias y falacias lógicas. Ven en la simplificación excesiva el pecado original de la inteligencia y no saben qué hacer con los lemas, los asertos no calificados y las generalizaciones radicales que son la mercancía del propagandista. Hitler escribió: “Toda propaganda efectiva debe limitarse a unas cuantas necesidades desnudas y expresarse luego en unas cuantas fórmulas estereotipadas”. Estas fórmulas estereotipadas deben ser repetidas constantemente, porque “sólo la repetición constante logrará finalmente grabar una idea en la memoria de una multitud”. La filosofía nos enseña a sentir incertidumbre ante las cosas que nos parecen evidentes. La propaganda, en cambio, nos enseña a aceptar como evidentes cosas sobre las cuales sería razonable suspender nuestro juicio o sentir dudas. La finalidad del demagogo es crear la cohesión social bajo su propia jefatura. Pero, como Bertrand Russell ha señalado, “Los sistemas dogmáticos sin cimientos empíricos, como el escolasticismo, el marxismo y el fascismo, tienen la ventaja de producir una considerable cohesión social entre sus discípulos”. El propagandista demagógico debe, por tanto, ser consecuentemente dogmático. Todas sus declaraciones deben hacerse sin calificación alguna. No hay grises en su cuadro del mundo: todo es diabólicamente negro o celestialmente blanco. Como dijo Hitler, el propagandista debe adoptar “una actitud sistemáticamente unilateral frente a cualquier problema que aborde”. Nunca debe admitir que tal vez esté equivocado o que las personas con una opinión distinta tal vez tengan parcialmente [la] razón. No se debe discutir con los adversarios. Hay que atacarlos, callarlos a gritos o, si molestan demasiado, liquidarlos. El intelectual, moralmente remilgado, tal vez se escandalice de una cosa así. Pero las masas siempre están convencidas de que “el derecho está de parte del agresor activo”.

Tal era, pues, la opinión que tenía Hitler de la humanidad como masa. Era una opinión muy baja. ¿Era también una opinión inexacta? El árbol suele ser conocido por sus frutos y una teoría de la naturaleza humana que inspiró técnicas que demostraron tan horriblemente su eficacia debe contener por lo menos un elemento de verdad. La virtud y la inteligencia pertenecen a los seres humanos como individuos que se asocian libremente con otros individuos en pequeños grupos. Otro tanto sucede con el pecado y la estupidez. Pero la necesidad subhumana a la que el demagogo recurre y la imbecilidad moral en la que confía cuando aguijonea a sus víctimas para que entren en acción son características, no de los hombres y mujeres como individuos, sino de los hombres y mujeres en masas. La necedad y el idiotismo moral no son atributos característicamente humanos: son síntomas del envenenamiento de rebaño. En todas las religiones superiores del mundo, la salvación y la iluminación son para los individuos. El reino de los cielos está dentro del espíritu de una persona, no dentro del espíritu colectivo de una multitud. Cristo prometió estar presente allí donde dos o tres se congregaran. No dijo nunca que estaría presente donde miles se estuvieran intoxicando mutuamente con el veneno de rebaño. Bajo los nazis, muchedumbres enormes se veían obligadas a pasar una enorme cantidad de tiempo marchando en apretadas filas del punto A al punto B y de nuevo al punto A. Hermann Rauschning añade: “Esta manera de mantener a toda una población en marcha pareció un insensato derroche de tiempo y energía. Sólo mucho después se reveló en ella una sutil intención basada en una bien calculada adaptación de medios afines. La marcha evita que los hombres piensen. La marcha mata el pensamiento. La marcha pone término a la individualidad. La marcha es el indispensable toque mágico que acostumbra a la gente a una actividad mecánica y casi ritual, a una actividad que acaba convirtiéndose en una segunda naturaleza”.

Desde su punto de vista y en el nivel en que decidió hacer su espantoso trabajo, Hitler acertó perfectamente en su estimación de la naturaleza humana. Para quienes ven en los hombres y mujeres individuos, más que miembros de una multitud o de colectividades uniformadas, estuvo odiosamente equivocado. ¿Cómo podemos preservar la integridad del individuo humano y reafirmar su valor en la época de un exceso de población y un exceso de organización que se están acelerando, y de unos medios de comunicación en masa cada vez más eficientes? Es una pregunta que cabe hacer todavía y que tal vez pueda ser efectivamente contestada. Transcurrida otra generación, tal vez será demasiado tarde para contestarla y tal vez imposible, en el sofocante clima colectivo de ese tiempo futuro, hasta simplemente formularla.

Traducción de Luys Santa María.

Tomado de Brave New World Revisited (“Retorno a un Mundo Feliz”), Capítulo V, 1958.

Fuente: www.lospobresdelatierra.org

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