21
May
08

Osama Bin Laden y el perro de Pávlov

Radiografía funcional de la manipulación mediática con el “terrorismo”

Osama Bin Laden y el perro de Pavlov

Imagen

Imagen del vídeo difundido en el sexto aniversario del 11-S

Por Manuel Freytas

El 11-S no solamente instaló un nuevo sistema de control social por medio de la manipulación mediática con el “terrorismo”, sino que además inauguró un “nuevo orden internacional” (sustitutivo de la “guerra fría”) basado en la “guerra contraterrorista” que sirve de justificación a las nuevas estrategias expansionistas del imperio norteamericano y de las trasnacionales y bancos sionistas. Como el perro de Pavlov, los norteamericanos y europeos (y el mundo colonizado mediáticamente) segregan adrenalina y consumen “terrorismo condicionado”, como si fuera verdadero gracias al sistema de inducción mediática montado por las cadenas sionistas a escala planetaria.

Todo el proceso de “terrorismo mediático” con Al Qaeda y Bin Laden, desde el 11-S en adelante, se desarrolla en los medios de comunicación, principalmente en las cadenas televisivas, que trasmiten en vivo las imágenes de destrucción que a través de un ida y vuelta -feed baack- generan masivamente la psicosis terrorista a escala planetaria.

Sin la “globalización de la imagen”, a Washington y a la CIA les hubiera sido imposible crear la figura de Bin Laden como el mítico “enemigo número uno de la humanidad” tras la voladura de las Torres Gemelas, iniciando así la era de la utilización del terrorismo mediatizado como estrategia y sistema avanzado de manipulación y control social.

Bin Laden y la red Al Qaeda fueron fabricados de acuerdo a las necesidades del “nuevo enemigo”, que el imperio necesitaba (tras la caída de la URSS) mostrar a la sociedad después de los atentados del 11-S, y que la inteligencia norteamericana utilizó para conseguir consenso local e internacional a sus nuevas políticas de invasión militar.

Los intelectuales y los periodistas rentados se encargaron de construirle un “perfil” a tono con los gustos consumistas de la opinión pública, y sin mostrar las redes vinculantes de su biografía con la CIA y con las políticas colonizadoras de EEUU en el mundo árabe y musulmán.

La impunidad y el uso intensivo del “terrorismo mediático” se posibilita y potencializa por la complicidad de la prensa del sistema y de sus “analistas” que sólo difunden las noticias y la “versión oficial” de las amenazas y los atentados terroristas desde el 11-S hasta aquí.

Además, el aparato mediático sionista de la prensa internacional y local silencia sistemáticamente las investigaciones y testimonios que prueban la relación histórica de Bin Laden y Al Qaeda con la CIA, además del carácter de “autoatentado” que revistió el ataque contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001.

En este contexto (y sin ningún análisis que le otorgue comprensión totalizada) una noticia sobre terrorismo sólo puede ser tapada con otra noticia sobre terrorismo.

La “psicosis terrorista” es alimentada a su vez, y como si fuera una novela de espionaje, por rumores de nuevos ataques de Al Qaeda, cacería de supuestos culpables, e imaginarias “pistas árabes” o “conexiones islámicas” salidas de misteriosos archivos “secretos” de los servicios de inteligencia.

Los niveles de comprensión masiva sobre el “terrorismo de Al Qaeda” son pobres y lamentables: los analistas y periodistas del sistema comentan los acontecimientos según los principios y explicaciones de la “investigación oficial” de turno.

Repiten como monos parlantes lo que la CIA, el FBI, el M-16, Scoltland Yard y las usinas mediáticas de Washington les trasmiten a través de las “fuentes” y los comunicados oficiales.

Así como los atentados del 11-S en EEUU sirvieron para argumentar y justificar las invasiones de Irak y de Afganistán, el 11-M español y el 7-J británico sirvieron -en distintas etapas- para frenar caídas abruptas de la imagen de Bush, tanto en la campaña electoral para su reelección en 2004 como cuando se ha encontrado acorralado por denuncias y cuestionamientos a la ocupación militar de Irak.

Esta situación particular del “terrorismo mediático” como arma de manipulación política y social determina que sus causas y objetivos sólo puedan ser leídos en el plano mediático, y no en el marco del análisis político o estratégico convencional.

Esta manipulación, ha generado la dinámica política de la administración imperial (la de Bush, y también lo hará con la que le siga) que ha convertido el uso mediático del “terrorismo” en herramienta estratégica de Estado orientada a legitimar la conquista militar de países y de recursos estratégicos en nombre la “guerra contraterrorista”.

En términos estratégicos, con la leyenda mediática de Bin Laden y el peligro del “terrorismo internacional” a partir del 11-S el Imperio norteamericano (potencia locomotora unipolar del capitalismo) define dos aspectos claves de su supervivencia como Estado imperial:


A)
Lanzamiento de nuevas conquistas militares de mercados justificadas en la “guerra preventiva contra el terrorismo” y en la nueva doctrina de seguridad de EEUU emergente tras los atentados del 11-S.

B ) Aplicación de una nueva lógica represiva y de control político y social (sustitutiva de las “dictaduras militares” setentistas) en los países dependientes bajo el argumento del “combate contra el terrorismo”.

En otras palabras, en un planeta sin “comunismo”, sin golpes de estado militar ni guerras ínter-capitalistas, la leyenda mediática de Bin Laden y el “terrorismo internacional” sirven de justificación para el desarrollo expansivo de la industria militar y de las trasnacionales y bancos capitalistas que extraen su principal tasa de rentabilidad comercial de las guerras y los conflictos armados.

Osama y el perro de Pavlov

En la agenda de la inteligencia militar estadounidense Bin Laden obedece a dos tipos de construcciones.

Una verdadera, asociada con las redes secretas del terrorismo, y otra fabricada para consumo mediático.

En la primera, se indica que su formación de soldado terrorista proviene de los sótanos históricos de entrenamiento de la CIA.

Y en la segunda, las evidencias lo señalan como un espectro fantasmal sobre el cual se montan las campañas de la prensa sionista internacional con el “terrorismo mediático”.

En consecuencia, Bin Laden, un producto “terrorista” salido de los laboratorios de la CIA tomó consistencia “mediática” a partir de su difusión masiva y planetaria repetida hasta el cansancio desde el 11-S hasta aquí.

Desde el punto de la comunicación estratégica, el líder de Al Qaeda fue fabricado de acuerdo a las necesidades del “nuevo enemigo”, que el imperio necesitaba (tras la caída de la URSS) mostrar a la sociedad después de los atentados del 11-S, y que la inteligencia norteamericana utilizó para conseguir consenso local e internacional a sus nuevas políticas de invasión militar.

Bin Laden representa el producto acabado de la acción psicológica mediática orientada a direccionar conducta colectiva con fines políticos y de control social que los halcones de la Casa Blanca utilizaron en los momentos que la imagen de Bush decaía o que los problemas políticos estrangulaban a su administración.

Este costado mediático de la “leyenda Bin Laden” no fue suficientemente analizado o explorado por la prensa alternativa ni por los intelectuales críticos, más obsesionados por la figura “terrorista” de Bin Laden que por el uso mediático que hicieron EEUU, Europa y sus trasnacionales capitalistas de su leyenda y de las apariciones de Al Qaeda posteriores al 11-S.

El uso mediático-político de la figura de Osama por parte de la CIA, lo convirtió en la estrella de la psicosis de terror montada masivamente alrededor de su figura y de la “Red Al Qaeda” en los años que siguieron a los atentados del del 11-S.

A lo máximo que han llegado los críticos y analistas de Bin Laden y del 11-S es a lanzar acusaciones o a deslizar sospechas sobre el aprovechamiento político (y/o la participación como ejecutora) de la administración Bush en los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

Si bien el objetivo esencial de esos ataques fueron la invasión a Irak y Afganistán, Bin Laden y la “guerra contraterrorista global” sirvieron luego para un rediseño estratégico de las políticas de conquista militar de mercados y obraron como un nuevo marco de expansión y ganancias para los bancos y trasnacionales del sistema capitalista en su conjunto.

Tras el 11-S las “reapariciones” periódicas de Osama Bin Laden “amenazante” fueron un clásico en la prensa internacional.

Sus modus operandi fueron siempre los mismos:

Aparece, amenaza a Europa y a Estados Unidos con la guerra santa, promete atentados, asesinatos en masa con armas químicas y biológicas, y luego desaparece tan misteriosamente como había llegado.

Su imagen, recreada hasta el cansancio por las pantallas de TV., ya resulta tan “familiar” como la del Che o la de Jesucristo.

Sus “apariciones” en videos de dudoso origen, y en cadenas falsamente opositoras a EEUU como Al Jazzeera, siempre generan inquietud y estados de “alerta rojo” en EE.UU. y en las metrópolis europeas.

El desarrollo secuencial de sus apariciones tras el 11-S siempre obedecieron a un mismo patrón.

Al Jazeera muestra los videos con sus comunicados y amenazas, las cadenas estadounidenses y europeas los difunden por todo el mundo, y la CIA -con el resto de los servicios de inteligencia de las potencias centrales- anuncia todo tipo de catástrofes terroristas en ciernes, principalmente en Estados Unidos o Europa.

Después sólo hay que “relacionar” el recuerdo real de las masacres explosivas del 11-S, el 11-M, o el 7-J con la “imagen terrorista” de Bin Laden puesta en la pantalla.

Salvo excepciones (11-M y 7-J), ya casi no se necesita mostrar las huellas sangrientas del terrorismo real en vivo y en directo.

La sola presencia mediática del hombre del turbante (como ya se demostró en los comicios presidenciales de 2004 en EEUU) alcanza para producir los efectos psicológicos buscados.

Tras el 11-S la verificación material de los atentados, es sustituida por el temor a los atentados producido por los videos con la imagen de Osama Bin Laden o los íconos mediáticos de la “Red Al Qaeda”.

Como el perro de Pavlov, los norteamericanos y europeos (y el mundo colonizado mediáticamente) segregan adrenalina y consumen terrorismo condicionado, como si fuera verdadero gracias al sistema de inducción mediática con Bin Laden y Al Qaeda que taladra constantemente en sus cerebros.

Si bien en Europa, se había manifestado un cierto “escepticismo” respecto de Bin Laden y Al Qaeda, los atentados en Londres del 7 de julio de 2005, sirvieron para avivar el temor a la presencia real del terrorismo en el mundo.

En el mundo real no hay datos precisos de la existencia o de la muerte de Bin Laden, y todavía nadie reveló como pudo escapar del cerco militar y de los misiles en Afganistán.

No hay quien se interrogue por qué la CIA, con sus infinitas redes de infiltración dentro del terrorismo islámico, no lo haya podido detectar ni asesinar. Porqué Osama desapareció sin dejar rastros, a pesar de que oficialmente lo buscan noche y día todos los servicios de inteligencia del mundo.

Los videos difundidos por Al Jazeera son de dudoso origen, y la mala calidad de su imagen y su audio no permiten determinar su veracidad ni la fecha de su filmación, no obstante la CIA y las cadenas mediáticas le otorgan veracidad difundiendo los comunicados sin ningún análisis.

Esta falta de análisis estratégico sobre el uso mediático-terrorista de la imagen de Osama, no se debe ni a la inocencia ni a la casualidad.

La tácita complicidad de la prensa internacional con las operaciones de la CIA, es un hecho que se revela en la dinámica de su propia estructura empresarial.

Sus intereses y negocios están asociados -por medio de complejos vasos comunicantes a las transnacionales y a los megagrupos financieros que operan en Wall Stret y en el Complejo Militar-Industrial.

Los grandes diarios, las grandes cadenas televisivas de EE.UU. y de Europa, forman parte del exclusivo club de las 200 multinacionales que se benefician de las conquistas militares-capitalistas por todo el planeta.

La leyenda terrorista-mediática de Bin Laden esta construida a la medida de la nueva lógica expansiva del capitalismo transnacional.

Detrás de ese nuevo mito, Estados Unidos desarrolla su estrategia de conquista militar en Asia, Africa, América Latina y Medio Oriente.

Bin Laden -como ayer lo fue el comunismo soviético- es el nuevo legitimador social de las políticas de conquista militarista emergentes de la Nueva Doctrina de Seguridad norteamericana.

Manuel Freytas es periodista, investigador y analista,

especialista en inteligencia y comunicación estratégica.

manuelfreytas@iarnoticias.com

Fuente: www.iarnoticias.com


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